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Un cuento de navidad

Me ha llegado por email y me he decidido a publicarlo. En este caso voy a adornarlo un poco porque en el fondo (aunque sea sin batiscafo) soy un poeta.

Supongamos que es 31 de diciembre. La hora, alrededor de las 4 de la madrugada. Volvemos de una fiesta de fin de año, algo sencillo, en casa de unos amigos. Al llegar a casa, introducimos la llave en el ojo de la cerradura (aunque su forma sea más parecida a una sierra de carpintero que a un ojo propiamente dicho) y notamos que hay que forzar un poco la puerta para conseguir empujarla lo suficiente. Aún así conseguimos abrir, entramos en nuestro hogar y nos disponemos a descansar de los meneítos de cadera (o continuar con más meneítos de cadera, esto es optativo). Laura cierra con llave por dentro sintiendo una sensación de que no está en casa, sino en una playa del Atlántico mientras baja la marea. Busca el interruptor de la luz a tientas y, aunque consigue accionarlo, no se produce el esperado efecto derivado de la causa que es accionar un interruptor. A oscuras, llama a Juan Carlos preguntándose en voz alta qué es lo que ocurre.

Mientras tanto, Juan Carlos, que ya ha tenido la misma sensación de chapoteo bajo sus pies, busca, ayudándose de la luz de la pantalla del teléfono móvil, una linterna y los papeles del “seguro del hogar”. Llama a “urgencias del hogar 24 horas” para solicitar un electricista y/o un fontanero. Tras varios intentos y mensajes de voz pregrabada informándole de que “nuestras líneas están ocupadas, por favor, permanezca a la espera”, la pobre señorita a la que ha tocado pringar la noche de fin de año indica a Juan Carlos, amablemente, que enviarán alguien en cuanto sea posible.

¿Crees que acudió alguien al domicilio? ¿Cuánto crees que cobrará ese alguien por sus servicios? ¿Ese alguien, hará factura o preferirá cobrar en cash? ¿Qué ocurriría si no estuvieras conforme con la reparación?

¡Acertaste! Cuatro de cuatro. El día siguiente, 1 de enero, festivo a todos los efectos, todavía no ha pasado nadie por casa de Laura y Juan Carlos. Una vecina dice que tiene un cuñado que conoce a alguien del barrio que siempre le hace los apaños. Les da el teléfono. El hombre acude el día 2 de enero y arregla el desaguisado del agua. Con la electricidad no se atreve. De vez en cuando pide alguna herramienta prestada porque “no tiene de todo”. Tarda 14 minutos en arreglar el escape bajo el fregadero y solicita unos emolumentos de 93 euros, sin factura, por supuesto, que está cobrando el paro.

Estando todavía en la casa, llama al timbre el “técnico” enviado por la compañía de seguros. Va directo a un enchufe a ras de suelo alrededor del cual se aprecian humedades. Un cortocircuito provocado por el escape de agua. Arregla el enchufe y vuelve a dar la electricidad. Tarda 7 minutos por los que cobra 80 euros, 40 de desplazamiento y 40 de mano de obra (tarifa de urgencias). ¿Y la factura? Ah, ¿quieren factura? Entonces les tendré que cobrar el IVA. Saca una libreta cuadriculada en la que apunta con un boli “servicios varios de reparación” 80 euros. Debajo apunta: "IVA". Saca una tabla escrita en un cartón. De 0 a 25 euros, 4 de IVA. De 26 a 50 euros, 8 de IVA. De 51 a 75 euros, 12 de IVA. De 76 a 100 euros, 16 de IVA… Así que, ni corto ni perezoso, apunta 16 euros al lado de la palabra IVA en la cuartilla cuadriculada que “sirve” de factura. Juan Carlos, ocupado en pagar y despedir al “vecino” fontanero, no cae en la cuenta y abona los 96 euros por 7 minutos de trabajo, quedándose a cambio con un papel en la mano en el que no consta CIF, ni número de factura, ni dirección, ni ninguno de los requisitos necesarios para que una factura pueda llamarse de esa manera, siendo timado, además, en el cálculo del IVA…

Aunque Laura y Juan Carlos llaman a la compañía aseguradora para reclamar el IVA timado, reciben el silencio por respuesta y no tienen más remedio que conformarse con el abuso del que han sido víctimas.

Ahora supongamos que es otro 31 de diciembre, aproximadamente a la misma hora. El fontanero, un poco piripi por las copas de cava ingeridas, conduce su moto de gran cilindrada con más alegría de lo habitual (y con menos reflejos también) dirigiéndose a un after en el que ha quedado con algunas amigas. Por una calle perpendicular circula el electricista en su Toyota RAV4, digamos que en similares condiciones etílicas, a las que deberíamos añadir algún "tirito" que otro, dirigiéndose a una fiesta privada en un chalet de las afueras. Tras un gran estruendo, chirridos de frenos y ABS's funcionando a toda pinza de disco, ambos se estrellan. El uno contra el otro. El fontanero vuela unos cuantos metros y su casco, de cierre automático de plástico taiwanés, vuela unos metros más, dándose un tremendo golpe en la cabeza.

Si eso sucediera (que no lo deseo), al poco rato (no dos días después) acudirían al lugar los servicios de emergencia y, al menos, algún tipo de policía (aunque es posible que se juntase la guardia urbana con la policía autonómica o nacional, según la localización de la que estemos hablando). Funcionarios (o trabajadores públicos) con la inmensa suerte de tener que trabajar la noche de fin de año. Los dos accidentados serían trasladados al hospital más cercano, donde serían admitidos aunque no tuvieran cartilla de la Seguridad Social. Ambos serían atendidos por Auxiliares Administrativos, Celadores, Enfermeras, Auxiliares de Clínica, Médicos, etc. El fontanero, con un traumatismo cráneo-encefálico de los gordos, sería trasladado a un quirófano, preparado previamente, con celo profesional, por el personal de limpieza, donde se le intervendría durante algunas horas (y no al día siguiente o al otro).

De todo ese personal trabajando la noche de fin de año, al servicio del público, quien más cobraría serían los neurocirujanos, a razón de unos 30 euros la hora (completa). Si hablamos en neto, en cash, se quedarían en 15 o 20, ya que ahí no hay dinero negro, ni facturas falsas, ni escaqueo posible. Si descendemos en la escala laboral, podemos hacernos una idea de lo que cobra el resto de todo ese personal trabajando la noche de fin de año.

¿Y qué ocurre si el fontanero queda disgustado porque la cicatriz que le ha quedado en el coco es antiestética? ¡Acertaste de nuevo! El fontanero demandará al hospital, irán todos a los tribunales y tendrán un montonazo de problemas. Eso sí: el fontanero, el electricista, Salvador Sostres, Manuel Martín Ferrand, Pablo Motos y un montón de gente seguirán opinando que esos funcionarios vagos son los culpables de la crisis, una casta de privilegiados a los que está de narices que se les baje el sueldo (y más que les deberían bajar) para pagar el despilfarro de varios gobiernos irresponsables. Gente que a estas alturas todavía no se cree que el médico que le atendió de urgencias la noche de fin de año se lleva 15 euros netos (algo les pagarán en negro, seguro). Gente que piensa así, en aras de la "libre competencia privada" porque "cree el ladrón que todos son de su condición".