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Al margen de los bombardeos, recientemente intensificados, desde los medios de deformación del pensamiento, sobre si sobran más o menos funcionarios, sobre el gasto y el déficit público y sobre lo que "tienen" que hacer los gobiernos europeos, vamos a hablar aquí en palabras llanas de qué significa todo eso.

En los últimos tiempos de bonanza económica (para occidente, por supuesto), en los que cualquiera tenía la sensación de que podía enriquecerse o, cuando menos, acceder con relativa facilidad a mejores automóviles, segundas residencias, viajes por el mundo, electrodomésticos caros y muy aparentes, se ha puesto de manifiesto, a mi humilde entender, un par de cuestiones.

 

  1. Que el ritmo de consumo que nos estamos imponiendo es insostenible para la especie humana (el planeta, una vez desaparecidos nosotros, continuaría su singladura tan ricamente).
  2. Que hemos entregado el mercado al capitalismo más furibundo de todos los tiempos al que ya no le hace falta disimular una vez desaparecidas las supuestas alternativas que le daban miedo.
La política, desde el famoso libro de Aristóteles del mismo título, se supone que consiste en administrar el pan y la libertad. Nos creímos las tesis del liberalismo salvaje. Creímos que "los vicios" de la iniciativa privada devenían en prosperidad para todos los ciudadanos. Que el lema "máximo beneficio, mínima inversión" creaba riqueza a repartir equitativamente. Que el mundo es de los "emprendedores" y que de éstos se deriva, en cascada, la riqueza para el resto. El liberalismo no desea Estado, no quiere "intervenciones". Sólo el ejército y la policía (hasta que descubrieron que éstos también se podían privatizar). Nos creímos todo esto y hemos ido dejando que los gobiernos se hayan entregado totalmente al poder económico. Lo tenemos totalmente asumido. Y consideramos a "todos" los políticos como títeres de ese poder económico, sin margen de maniobra o, peor aún, sin deseos de tenerlo.
Deberíamos recuperar la política, entendida como nuestro seguro de pan y de libertad. Porque asegurar el pan y la libertad significa que debe existir una justicia social que ponga freno a determinados desmanes del "mercado", que marque unas reglas del juego en las que no todo valga. Hemos despreciado paulatinamente todo lo que es improductivo, inútil o gratuito. Hemos magnificado el "tener" y el "producir". Y el tener y el producir cada vez a mayor velocidad. Los filósofos y los parados nos parecen inútiles, sobran, no producen...
Todo eso nos degrada como objetos de nuestro propio consumo. Y nos lleva a destruir el planeta y nuestras propias personalidades, en una vorágine de producción, velocidad y consumo en la que acaban de entrar 1.600 millones de chinos y en la que desean entrar todos y cada uno de los habitantes de los múltiples países pobres del planeta.
Recuperar la política en sentido aristotélico (de la que los primeros desertores han sido los propios políticos), recuperar la vida plácida (la slow-life que parecen haber "inventado" algunos italianos), el consumo únicamente de lo que es "necesario" y plausible. Vivir, en definitiva, corrigiendo esas actitudes despilfarradoras de nuevos ricos con que hemos iniciado el siglo XXI, autorecuperándonos como personas y como seres gregarios, seres sociales.
El paraíso no existe, pero este mundo de liberalismo a ultranza, de capitulación del individuo para someterse al "mercado" consumista hipertrofiado y a la necesidad creada de trabajar más horas para "tener" más cosas, este mundo, digo, no es un paraíso, ni se le parece en nada.